14/11/10

Battlestar Galactica

*Este texto contiene spoilers. Para leerlos basta con seleccionar la parte que aparece en blanco.

El otro día terminé de ver la serie Battlestar Galactica, y no podía resistirme a escribir algo sobre ella, pues la experiencia había sido casi como ver literatura en imágenes, en una historia que mezclaba una reflexión sobre el funcionamiento político de la sociedad, y la eterna búsqueda de la trascendencia humana, cimentada sobre las bases narrativas de la Eneida. Es sin duda placentero encontrar todavía apuestas de tan alto nivel entre la ciencia ficción, y además consecuentes, cerrada esta en su cuarta temporada, sin alargarla innecesariamente ante la buena respuesta de la audiencia para acabar convirtiéndose en una degeneración ajena a aquello que era en un principio, como les ha sucedido ya a tantas series.

En ella, una civilización humana de otro sistema solar (Troya) es aniquilada por una raza de máquinas llamada Cyllon (Grecia), que había introducido entre ellos a un espía para eliminar sus defensas (caballo de Troya). Los escasos supervivientes deberán comenzar un largo viaje a través del espacio, guiados por el coronel Adama (Eneas), para encontrar un nuevo hogar cuya existencia sólo suponen y cuya ubicación desconocen por completo: la Tierra (Roma).

Con esta premisa argumental, los supervivientes deberán crear en su viaje una nueva sociedad desde cero, lo que dará lugar a un estudio de las luchas por el poder, la relación entre política y ejército, las crisis políticas, las revoluciones, los golpes de estado y las distintas soluciones a todo esto, siempre experimentando sobre el caldo de cultivo de una población reducida, lo cual, a todas luces, no simplifica las cosas, pues acaban por darse los mismos problemas de siempre: racismo, diferencias sociales, corrupción, desconfianza, crisis religiosas... Casi dando por sentado que todo nuevo comienzo para la humanidad es una condena a repetir siempre los mismos errores (tesis que se verá reforzada, aunque con un rayo de esperanza, en el último minuto del último capítulo de la serie).

La búsqueda de la trascendencia humana está basada en una bastante bien elaborada evolución de las religiones. Así, los humanos que inician el viaje adoran a una serie de dioses que se identifican con estadios anímicos y naturales, y que enseguida descubriremos que son los dioses grecolatinos, incluso con sus nombres originales. Tenemos, pues, a una civilización de tecnología futurista, con una sociedad del siglo XX y una espiritualidad muy atrasada. Los Cyllon que casi los han destruido, en cambio, lo han hecho en nombre de un único Dios verdadero del que todos somos hijos, y están convencidos de que siguen un plan divino que todo lo justifica, así que perseguirán a los humanos supervivientes para exterminarlos y cumplir así la voluntad de Dios en su particular cruzada.

Pero estos planteamientos tan evidentes irán modificándose a lo largo de la serie, y al tiempo que evoluciona la visión de Dios, provocando un cisma entre los creyentes, la nueva religión comenzará a ganar adeptos entre los humanos supervivientes, creando nuevos enfrentamientos religiosos entre estos y los seguidores de los antiguos dioses de Kobol, encarnados en Zeus y compañía.

Sin embargo todo dará un giro bastante acertado, aunque un poco cruel si tenemos en cuenta cómo había ido evolucionando el espíritu religioso a lo largo de la serie. En la última temporada seremos informados de que todo eso ya había sucedido antes, y que la nueva civilización humana había sido un intento terminar con la espiral de violencia que había llevado a su fin a una civilización anterior, pero que había fracasado también, motivo por el cual fue destruida y condenada a vagar por el universo para buscar un nuevo hogar. Llegados a este punto, la destrucción de Kobol por los Cyllon se entiende como un diluvio universal, y el viaje a bordo de la Galactica es el que Noé tuvo que pasar hasta encontrar Tierra de nuevo. Incluso, tal y como Noé tuvo que convencer a Dios para que no destruyera lo poco que había sobrevivido, ellos deben convencer, hacia el final, a los Cyllon de que no destruyan a la humanidad superviviente. No sólo hemos asistido al cambio de la antigua religión por la nueva, sino que incluso la serie en sí ha cambiado el paganismo por el cristianismo, revelando al final una suerte de Dios dual sin sexo ni raza, que engloba en sí mismo todas las diferencias existentes entre nosotros.

En resumen, produce alegría encontrarse con tan excelentes productos, y reconozco que me he quedado con ganas de más (aunque aliviado por que terminara donde tenía que terminar y no se alargara innecesariamente), así que me pondré a ver Caprica, aunque con algunas reticencias, pues no es tan bueno lo que he oído sobre este spin off.

11/11/10

Crónicas asiáticas (3) Nocturnidad


Al llegar a casa me encontré con los problemas que ya había previsto, aunque en aquel momento se magnificaron. No podía comunicarme en absoluto con los padres de mi novia, así que mis deseos de resultar cordial, amable y simpático se convirtieron en intenciones frustradas. La comida me resultaba extremadamente rara, cosa que a su vez agravaba el enorme sueño que tenía y mis horarios totalmente cambiados: no olvidemos que en ese momento era la hora de comer (¡¡¡las doce!!!) cuando yo debería estar plácidamente durmiendo. Además el calor era asfixiante y pegajoso, algo que me sorprendió al estar en el interior.

La parte del sueño la solucioné a medias durmiendo una siesta (o lo que fuera, pues no estaba muy seguro del horario que me tocaba en ese extraño día de 48 horas), tras la cual ya estaba más recuperado pero aún sin hambre cuando me sorprendieron con la cena a las seis de la tarde (creo que me va a costar horrores acostumbrarme a estos horarios). Después de cenar salimos a la calle, en noche cerrada (creo que eran las nueve), y fue entonces cuando comencé a ser consciente de lo que me rodeaba. Nada más salir de casa me di de bruces con una obra que continuaba en horario nocturno bajo la luz de los focos. No sé si continuarían toda la noche trabajando, hasta el amanecer, pero puedo asegurar que desde que llegué, todos los días que he salido a la calle por la noche he visto esa obra funcionando al mismo ritmo que durante el día. Fuimos al supermercado, parece que en hora punta, a las diez de la noche casi, pues estaba abarrotado a esas horas. A lo largo de todo el camino, en la acera se desplegaban tiendas improvisadas que comenzaban a montarse a la misma hora en la que nosotros salíamos de casa, la mayoría de las veces consistentes tan sólo en una cuerda colgada entre dos árboles, de la que pendían perchas con ropa. Así se extendía ante nuestros ojos todo un mercadillo nocturno que empezaba a cobrar vida de la misma manera en que más adelante descubriría que lo hacía todas las noches. Había por todas partes, en todas las calles, cuerdas entre árboles repletas de ropa como si fuera ese el fruto que daban, mantas en el suelo cubiertas por baratijas, puestos de comida entre los que sobresalían los de pinchos morunos a la brasa, asados en unos braseros alargados que parecían multiplicarse por todas partes. Resultaba todo un reto salir a la calle y caminar un largo recorrido sin caer en la tentación de comprar alguna tontería a todas luces innecesaria.

Cuando salimos también cogimos una bici. Éramos tres personas y cogimos tan sólo una bicicleta. No entendía muy bien el concepto al principio, hasta que caí en la cuenta. Aquella bicicleta, como todas en la ciudad, estaba provista de una cesta delante y una parrilla detrás, con lo que no debía mirarla como una bicicleta sino más bien como un carro de la compra, y esa era la función que iba a llevar a cabo. Podría afirmarse, de todos modos, que la bicicleta es el principal medio de transporte en Shijiazhuang. Esa noche también vi múltiples imprudencias (barbaridades, más bien) viarias, de las que creo que hablaré en conjunto más adelante, son demasiadas. El caso es que al llegar al supermercado vi allí la mayor aglomeración de bicicletas aparcadas que había visto en mi vida, aunque no era gran cosa en comparación con las que he visto después de esto.

Tras la aventura nocturna tocaba descansar, y está vez sí que recuperé los horarios (los míos, a los chinos aún me quedaba tiempo para adaptarme) y el sueño. Parece que ya volvía a ser una persona, o algo parecido.

7/11/10

Crónicas asiáticas (2) Autopista hacia el cielo (o casi)


Lo cierto es que el coche del gobierno resultó ser una furgoneta con una factura bastante pobre, más bien parecida a aquellos Range Robers que tanto nos entusiasmaban en los ochenta, cuando éramos críos, y que estaban repletos de aristas y tornillos con los que más valía no entrar en contacto. Al abrir la puerta lateral podían verse tres hileras de asientos sin separar las plazas (unas tres por hilera, dependiendo de lo apretados que quisiéramos ir) y nada ni lo más remotamente parecido a un cinturón de seguridad. No es que quisiera ser quisquilloso, pero teniendo en cuenta que lo que teníamos por delante era un viaje por autopista de más de trescientos kilómetros, no es que su ausencia me tranquilizara. Pregunté algo preocupado por ellos, y lo que obtuve fue un lacónico: no hacen falta. Resultaba obvio que la convicción en su innecesariedad era absoluta pues el conductor, único que tenía cinturón de seguridad junto con el copiloto (había un tercer asiento entre ambos que tampoco disponía de él), no hizo siquiera amago de abrochárselo.

Así que nos lanzamos a la autopista mientras nuestro chófer respondía a un mensaje que le había llegado al móvil. No sé cuál será la velocidad máxima para las autopistas en China ni si existirá ese concepto (cosa que dudo), pero nos lanzamos a unos ciento cuarenta kilómetros por hora de media con un trasto que yo dudaba que pasara de los cien, adelantando en zig-zag a todo aquel que osara frenarnos, usando para ello el andén de la derecha si era necesario y acomodándonos en el carril de la izquierda para circular con normalidad, mientras rebasábamos a camiones que circulaban por cualquiera de los tres carriles sin ningún empacho, usábamos cualquiera de ellos para adelantar, pasábamos entre camiones y mandábamos la distancia de seguridad a hacer gárgaras al tiempo que yo buscaba como un loco mi cinturón de seguridad o cualquier soga con la que amarrarme al asiento en su defecto.

Lo que vi en ese viaje por autopista no lo había visto nunca. Como ya he dicho, coches, un noventa por ciento de ellos con todas las lunas tintadas (incluida la delantera, aunque de un color ligeramente más suave que el resto, todo hay que decirlo), circulando por cualquier carril, usándolos todos para adelantar, incluyendo los arcenes, cruzándose unos con otros y utilizando el más mínimo hueco para pasar. Un coche parado en el carril derecho en mitad de la autopista sin ningún motivo aparente, sin luces de emergencia, ni triángulos, ni nada. Otro que se para en el cebreado de una salida, creo que para decidir si salía por ahí o no. Coches parados en los arcenes con personas bajando de ellos (recordemos que era la autopista) sin chalecos, ni precaución, ni nada que se le pareciera (abrían las puertas del lado de la carretera sin mirar y los coches que se aproximaban las esquivaban como si tal cosa). La entrada al peaje fue increíble: muchos se aproximaban por un lado de la fila y jugaban una especie de pulso con el vehículo de al lado para ver quien frenaba primero y tratar de colarse (uno de ellos éramos nosotros). Un coche que frena en el carril izquierdo, da el intermitente derecho y comienza a circular marcha atrás porque se había pasado la salida (recordemos que la salida estaba a la derecha y él en el izquierdo de tres carriles más un andén que, a fin de cuentas, también se usaba como carril). Una niebla de esas que en los dibujos animados los personajes frotan con la mano en la pantalla del televisor, formando un círculo, y acto seguido vuelve a cubrirlo todo, y a nadie circulando con las luces encendidas. Un Golf sin matrícula. Camiones llenos de sacos con la carga sin asegurar. La cabina de un trailer sobre la cabina de otro trailer, sobresaliendo unos dos metros por detrás y sin ningún tipo de señalización (y no quiero ni pensar como estaban unidos esos dos trastos). Los intermitentes... mejor no preocuparse por esas menudencias.

Al entrar a la ciudad todos esos problemas se multiplicaban por mil. Las normas de circulación parecían no existir, así que mejor no esperar que nadie tenga en cuenta ese tipo de cosas. La función de los semáforos resultaba un tanto difusa, no tengo ni idea de cuál podía ser el orden de preferencia en los cruces, si es que había alguno. Los carriles eran meramente orientativos, invadiendo el contrario en varias ocasiones para adelantar y tocando la bocina para que el que viene de frente se aparte. Bicis, motos y triciclos con motor circulaban (a cientos) generalmente por la izquierda, aunque podían aparecer por cualquier otro lado (vi a una moto que quería tomar una salida situada a su izquierda circular varios metros en dirección contraria para llegar a ella). Los peatones cruzaban la calle en una especie de juego de la liebre esquivando a los coches que se acercaban. A la policía (los de tráfico, quiero decir) esto debía parecerles lo más natural, pues lo miraban impasibles, y cuando pasó un grupo de motoristas del ejército la única diferencia fue que a ellos sí les cedían el paso los demás, aunque al mismo tiempo los que les cedían seguían en ese juego de ahora paso yo y tú me esquivas a mí que daba una impresión bastante surrealista del conjunto.

Cuando bajé de aquella furgoneta juro que estuve por besar el suelo, y lo habría hecho de no ser por cierta condición de la ciudad que ya contaré más adelante.

4/11/10

Crónicas asiáticas (1) En ruta


Podría empezar diciendo que casi llegamos tarde a facturar las maletas por culpa del metro de Madrid y su deficiente servicio, pero incluso yo me aburro de criticar a la capital de España, que en tantas ocasiones desmerece de ese título de capital. De modo que saltaré al avión de las aerolíneas húngaras que me depositó en Budapest. Poca cosa hay que decir: medio sandwich seco y unas azafatas a las que era obvio que no les pagaban por sonreír (me pregunto en este punto si en algún lugar existirán esas azafatas tan simpáticas que salen en las películas). En el aeropuerto de Budapest todas las cafeterías estaban a reventar, así que en cuanto vimos una mesita libre yo me abalancé sobre ella con todas las maletas y mi novia se puso a hacer cola para pedir algo de comer. Aquello estaba a rebosar de noreuropeos de edad avanzada que no sé si se iban de vacaciones o viven permanentemente en ellas, y mirándolos sin otra cosa que hacer empecé a examinar lo muy parecidos que se vuelven los unos a los otros los habitantes del norte de Europa cuando envejecen.

Tocaba subir al segundo vuelo, esta vez en un avión algo más grande que el anterior, que a fin de cuentas no pasaba de ser un autobús con alas, lo que acrecentó mis nervios. Huelga explicar por lo recién declarado que guardo cierto reparo a eso que llaman el medio de transporte más seguro que existe. Se suele achacar a quien comparte mi aversión a esos trastos con alas un miedo infundado, sin sentido, cuando lo que realmente me parece un sinsentido es precisamente no tenérselo. Vale que hay menos accidentes aéreos que de cualquier otra cosa, pero es que también hay menos tráfico aéreo que de cualquier otra cosa. Además, y esto nos pasa a todos, cuando vemos en las noticias que ha habido un accidente aéreo lo primero que pensamos es “a ver cuántos han muerto”, mientras que si el accidente es de cualquier otro tipo nuestros pensamientos son más bien del tipo “a ver si se han salvado”. Así que no creo ser tan ilógico. Por no hablar de esos vídeos sumamente tranquilizadores que te ponen al inicio del viaje en el que caen unas mascarillas de oxígeno (póngasela y respire con tranquilidad, te dicen) y te indican dónde puedes encontrar el chaleco salvavidas (???).

El caso es que cuando subimos al avión de Hainan Airlines ¡¡¡las azafatas sonreían!!! Y no sólo eso, sino que nos atendían educadamente (en chino, todo hay que decirlo), con toda la paciencia del universo. Los asientos estaban dotados de mantas para abrigarse, un pequeño cojín para acomodarse y un pequeño televisor situado tras el reposacabezas del asiento delantero, con cuatro canales de televisión (nada interesante, todo hay que decirlo) y un quinto en el que te daban información sobre el vuelo. Repito lo dicho más arriba, no tranquiliza demasiado: 33.000 pies de altura (recordando a Gila, calzando un cuarenta para arriba eso serán unos 10.000 metros), quinientas y pico millas por hora (hagan la cuenta ustedes mismos, pero creo que dan unos mil kilómetros por hora), tiempo de vuelo, tiempo que falta de vuelo y un mapita en el que se indicaba dónde estaba el avión más o menos. El momento estrella para las azafatas fue cuando subió al avión un tipo clavado a Kang-Ho Song, el protagonista de The Host. Además no era chino, así que bien podía haber sido él (aunque no creo, supongo que podrá costearse vuelos mejores). No encontraba su asiento, así que la azafata se lo tuvo que indicar mediante una discusión entablada en parte por signos, en parte por el chino de ella, en parte por el coreano de él (en realidad no sé si era coreano, pero como se parecía al actor voy a creer que sí) y en parte por cierta cosa parecida al inglés que ella hablaba en ocasiones. El caso es que la discusión se saldó con él profiriendo gritos de “xie xie, wo ai ni” (gracias, te quiero), y de nuevo “wo ai ni” otras dos veces que la enrojecida azafata pasó por al lado de su asiento.

Yo tenía entendido que la comida de los aviones era horrible y que resultaba mejor subir al vuelo bien comido, motivo por el cual habíamos pedido esos bocadillos en el aeropuerto de Budapest. Pues no. Creo que engordé, y bastante, en el avión a Pekín. Nos sirvieron para cenar una ensalada (la misma porquería verde de todos los restaurantes del universo; odio la lechuga), pollo con arroz, un trozo de algo parecido al pan (esta era la única parte mala), unas galletas, quesitos, mantequilla y no sé que más. En realidad parecía una comida para contentar a todas las partes que integraban el avión, tomando por la parte europea un menú más bien de tipo inglés y por la parte china unos platos más bien de restaurante chino. El desayuno también fue bastante mezclado: huevos revueltos con salchicha (inglés), dos platos más que podían pedirse en lugar de los huevos revueltos (chino), café o té, magdalenas y un cruasán. Aparte de las veces que pasaron ofreciendo bebidas, entre las que había cerveza y vino, lo cual me sorprendió bastante.

Luego llegó el momento en el que las azafatas intentan venderte cosas como si estuvieras en un mercadillo. Y luego dicen que los chinos no tienen pasta, pero la que yo tenía sentada a mi lado (el lado en el que no estaba mi novia, quiero decir) se dejó más de seiscientos euros en menos de cinco minutos. Que digo yo, si dispones de todo ese dinero, viaja en primera y déjate de tonterías.

Al fin el avión llegó a su destino, donde nos esperaba el comité de bienvenida. La tía de Geng (una alta funcionaria o algo así) fue a buscarnos con un coche del gobierno y un chófer, y allí estaban ella, el chófer y el padre de mi novia (sólo la expresión ya suena a peli romántica cutre), dispuestos a regalarnos con un viaje por autopista que cambiaría mi concepto de lo que se entiende por conducir.

2/11/10

Citas


Porque el vendedor sólo debe tener un objetivo: el éxito. Ahora bien, el éxito y el fracaso van siempre un trecho por el mismo camino. Nosotros resistiremos hasta la bifurcación, y no desmayaremos nunca [...] Por eso debéis preveniros contra la soledad. La soledad y la melancolía son los peores enemigos del vendedor. [...] Pero nosotros no sucumbiremos nunca al desaliento. Recordaremos que cada fracaso anuncia la cercanía de la victoria [...] Debéis de ser pacientes y obstinados [...] Viviréis en el presente; nuestro reino es el ahora.

LUIS LANDERO, El mágico aprendiz

De vuelta


Tras varios meses de obligada inactividad por el "no funcionamiento" de Blogger en la China, a partir de hoy trataremos de poner esto de nuevo en movimiento.

4/6/10

Viaje al Oeste (11)


La estructura narrativa de las series de anima y manga shonen siempre me había parecido demasiado básica y poco trabajada, con el esfuerzo mínimo para llegar al público infantil que busca atrapar, y sin ofrecer nada más que unos personajes tipo que se iban repitiendo de serie en serie. Me explico: lo que siempre vemos es a un protagonista fuerte que debe enfrentarse a alguien más fuerte que él; tras derrotarlo se hace más fuerte hasta que aparece otro enemigo todavía más fuerte al que de nuevo debe derrotar, y así sucesivamente hasta llegar al final de su viaje, donde su camino se completa y aparece plenamente realizado. Quizá los dos exponentes más perfectos (por lo clásico, no por la complejidad de su historia) sean Dragon Ball y Saint Seiya, siendo, además ,la primera nada menos que una adaptación del Viaje al Oeste, en la que vemos a Sun Wu-Kung transformado en el entrañable Son Goku (nombre que no es otro que el que el Rey Mono recibe en japonés), que además exhibe varias de las características del original: su rabo, su capacidad de transformarse, la barra que se alarga a una orden suya y su habilidad para viajar en las nubes.

Ese esquema de batallas y superación es el mismo que nos ofrece el Viaje al Oeste, y resulta un sistema narrativo oral perfecto para el desarrollo de una narración épica tan larga. Y digo larga porque la historia tiene nada menos que cien capítulos, cada uno de ellos de una extensión similar (algo mayor) a cada uno de los cantares del Cid. Si recordamos que en este último las compañías de juglares empleaban tres días para cantarlo, estaríamos hablando aquí de una recitación de nada menos que cien días (es evidente que no puedo asegurar esto, pues poco sé de la transmisión de la épica china). Resulta, pues, comprensible que los oyentes, conforme avanzan los capítulos, olviden algunas de las cosas que habían sucedido anteriormente, o incluso que se hayan perdido ese "capítulo", pues no olvidemos que se trata de literatura para el pueblo, que siempre se encuentra muy atareado. Así pues, la repetición se justifica y se convierte en un vehículo conductor perfecto para una historia de larguísima duración y, además, proporciona una serie de clímax y anticlímax que mantienen la atención del oyente. Esa misma situación se da en los shonen, que muchas veces se componen de cientos de capítulos. Y no olvidemos que también se pretende transmitir una serie de valores religiosos y morales. Si bien en Viaje al Oeste queda patente el enfrentamiento entre taoísmo y el emergente budismo a favor de este último (aunque Lao-Tse aparezca retratado como un sabio, sus intentos por detener al Rey Mono fracasan, además de ser burlado por él, mientras que triunfa le maestro budista Tathagata) hasta el punto de que Wu-Kung se convertirá a esta religión tras haber alcanzado el Tao, en las actuales series los valores religiosos o sociales desaparecen para quedar reducidos en un primer momento a la amistad y más adelante a la superación, muy adaptado a la sociedad competitiva actual.

Como ya dije anteriormente, oralidad y esquemas narrativos vigentes a través de los siglos: Nihil novum sub solem.

28/5/10

Rostros como rocas

Más de uno parece que ha sacado matrícula en este curso

Actualmente y generalizando (parece mentira que tenga que advertir esto) existen tres tipos de camarero cuando entras a un bar: chinos, patrios y sudamericanos (así, gradados de mejor a peor). Ya expliqué en otra ocasión cómo yo ya casi me dedico a buscar a los primeros. Pero es que a veces caigo en manos de los segundos. Eso fue lo que me sucedió el fin de semana pasado: iba con dos amigas a tomas unas cañas y tuvimos que lidiar con un tipo con una absoluta falta de vergüenza. La cosa fue como sigue: Entramos a un bar cuyo nombre no mencionaré (¡qué coño!, era el Txuribeltz, en la esquina de las calles Tejería y Merced) y nos sentamos en una mesa que juro que no tenía ningún cartel de reservado. Pedimos. Pagamos. Y una vez con las vueltas en la mano el tipo nos suelta que si no íbamos a cenar iba a necesitar la mesa. Y esto es algo despreciable que acometen continuamente el segundo y el tercer tipo de camareros: te sirven y después te sueltan que aligerando, que si alguien quiere cenar la mesa tiene que estar libre, o que cierra en diez minutos, o qué se yo. Todavía no me ha hecho eso un chino. Bueno, sí, pero ha tenido la decencia de decírmelo ANTES de servirme, y las copas cafés o lo que se terciara, me las he tomado en otro lugar, agradeciendo la advertencia y, por supuesto, con la idea de regresar en otra ocasión para, digamos, consumir la ronda pendiente. Pero claro, si me toman el pelo (y eso es lo que pretendían en el Txuribeltz), pues no vuelvo.

La cosa es que, efectivamente, a los diez minutos el tipo ya estaba en nuestra mesa echándonos, y lo que vino a continuación es imperdonable. Nosotros le informamos de los mal que nos parecía lo que había hecho, y aquello dio lugar a una serie de justificaciones que enumeraré a continuación con sus correspondientes contrarréplicas.

1) "Os lo dije antes de serviros" A esto se le llama negar la mayor, y cuando sucede en un comercio en el que uno está pagando debería ser motivo de reclamación inmediata, cosa que aún me pregunto por qué no hicimos. Cabría preguntar: Si me lo dijiste antes ¿podrías explicarme por qué, a pesar de ello, pedimos las consumiciones para no poder disfrutar de ellas?

2) "Podéis tomároslas en la barra" Ya, pero yo no quiero tomármela en la barra, de ahí que me haya sentado. No debería tener que explicar los motivos de que yo prefiera sentarme o quedarme de pie a ningún camarero, así que no lo haré.

3) "Esto es un restaurante. ¿Tú vas a un restaurante, te sientas en una mesa y no comes?" En primer lugar el Txuribeltz no es ningún restaurante, es un puto bar, y yo no veo que abra sólo para dar comidas y cenas. Aquí yo abandoné la discusión ante la revelada estupidez congénita de mi interlocutor: no iba a entrar en una controversia sobre si aquello era un bar o un restaurante. Pero mis dos acompañantes se quedaron y resistieron un último asalto que yo seguí en la distancia.

4) "¿Es que en algún bar os dejan usar las mesas a la hora de cenar?" Pasaré por alto el detalle de que su restaurante de pronto se había convertido en un bar. Yo no tengo por qué saber cómo funciona el negocio de nadie, y si alguien quiere que lo sepa, que me informe. Pero que lo haga a tiempo. En este caso era tan sencillo como colocar un cartelito de reservado para cenas en las mesas, o decírnoslo antes de servirnos. Precisamente íbamos desde otro bar en el que dicho cartelito estaba puesto, y nos habíamos marchado advertidos por su presencia. Y podíamos haberle dicho que sí, que sí hay bares que sirven cenas y permiten sentarse sólo a beber.

Sólo una cosa me queda por decir: no vayan al Txuribeltz... cuando visiten Pamplona al menos, si están fuera.

26/5/10

Atención al cliente (por no poner todas las burradas que me han pasado por la cabeza)


Todo comenzó varios meses atrás, cuando un desgraciado, que espero que esté siendo destrozado por las ruedas de algún camión mientras escribo esto, robó el bolso a mi novia con todo lo que había en su interior. Entonces se terció hacer una llamada urgente, para la cual necesitaba introducir en mi móvil de Movistar una tarjeta de otra compañía. Dado que el móvil tenía ya más de un año (bastante más) dije: no pasa nada, llamo a los de atención al cliente, que me liberen el móvil (la terminal, que dicen ellos) y llamamos con esa otra tarjeta. Al llamar, una señora de América del Sur me informó de que el código para desbloquear la terminal era una cosa muy delicada y que el proceso tardaba unos quince días. No disponía de ese tiempo, así que decidí no liberar mi móvil y buscar rápidamente un locutorio para realizar la llamada pertinente.

Hace dos semanas, decidí de nuevo liberar mi móvil por motivos que ahora no vienen al caso. Llamé al deplorable servicio de atención al cliente de Movistar y, tras mucho pelear con estúpidas voces robóticas, conseguí que me atendiera un señor de América del Sur. Le expliqué lo que quería hacer y comenzó a pedirme datos que yo le iba facilitando. La cosa fue tal que así. Dígame su número de teléfono. Tal. Espere un momento (dos minutos). ¿Es usted el señor...? Sí. Espere un momento (dos minutos). ¿Qué desea hacer? Liberar mi móvil. Espere un momento (dos minutos). Dígame el modelo de móvil. Samsung Z-240. ¿Cómo lo adquirió? Lo compré (vaya pregunta estúpida). Espere un momento (dos minutos). ¿Cuándo lo compró? No sé, hace más de tres años. ¿No recuerda la fecha? No. ¿Tiene la factura? No. Espere un momento (dos minutos). Dígame el número de imei. ¿El qué? El número de imei. ¿Qué es eso? Es un número que está en una pegatina debajo de la batería. Pero para eso tengo que apagar el móvil y quitar la batería, no puedo hacerlo mientras hablo con usted. ¿Está llamando desde la terminal que quiere desbloquear? Evidentemente. Entonces tiene que colgar, apagar el móvil, mirar el imei y volver a llamar. ¿Necesitaré algún dato más que esté en el interior del móvil? No. Muchas gracias.

El caso es que fue una llamada de más de diez minutos que no sirvió absolutamente para nada, y como había quedado en ese momento no llamé en el acto, lo que devino en que se me olvidó y volví a llamar hace una semana. Tras pelearme de nuevo con la desesperante voz robótica me pasaron con otro señor de América del Sur. Buenas tardes ¿es usted el titular de la línea? Sí. Dígame que es lo que desea señor... (este se sabía mi nombre sin que yo se lo dijera, parece que sabía usar el ordenador). Quiero liberar mi móvil. Dígame el modelo del móvil. Samsung Z-240. ¿Cómo lo adquirió? En una tienda (vaya con la preguntita). Bien, abra el móvil. Le estoy llamando desde el móvil, pero si lo que necesita es el imei ya lo tengo apuntado. No, lo que pasa es que para desbloquear su terminal es necesario que la abra y manipule unas cosas, así que necesita llamar desde otro teléfono.

Así que tuve que colgar, y como estaba en la calle de nuevo olvidé volver a llamar. Hasta hoy. He llamado a Movistar, he vuelto a enfadarme con la idiótica voz de robot y ha vuelto a contestarme una señora de América del Sur. ¿Qué es lo que desea? Quiero liberar mi móvil (la verdad es que uno empieza a sentirse como un idiota repitiendo tantas veces las mismas cosas). Bien, cuál es su número de móvil? Tal. Bien, un momento, por favor (cuatro minutos; nótese que a esta le costaba más entender cómo funcionaba el ordenador). Bien, ¿es usted el titular de la línea? Sí. Bien, dígame su DNI. Tal. Bien, un momento, por favor (tres minutos). Bien, manténgase a la espera (dos minutos). Bien, dígame su modelo de móvil. Samsung Z-240. Bien, un momento, por favor (cuatro minutos). ¿Cómo lo adquirió? En una tienda (empezaba a no soportar esa pregunta). Bien, dígame su número de imei. Tal. Bien, un momento por favor (cinco minutos). Manténgase a la espera, por favor (tres minutos). Bien, copie su número de desactivación: tal. ¿Y qué hago yo con este número? Bien, un momento, por favor (tres minutos). Manténgase a la espera por favor (cuatro minutos). Bien, marque lo siguiente en su teléfono: almohadilla, su número de desactivación, asterisco, seis, tres, ocho, asterisco, almohadilla. ¿Y después le doy a llamar y ya está? Sí, marca eso y ya tiene la terminal desbloqueada. Muchas gracias.

Así que he cogido el móvil, he marcado el código de marras y ya está. El móvil liberado. Ni espera de quince días, ni código extremadamente sensible, ni llamar desde otro teléfono, ni manipular el aparato, ni nada. Cuatro llamadas, la última ni sé de cuánto tiempo con tanta espera, un montón de caraduras que sólo te vuelven loco supongo que para no darte jamás la información que necesitas y que están obligados a darte, una voz robótica que maldito sea el imbécil que la ha grabado... y todo eso sólo para darme un código. Algo que debería haber sido resuelto en los primeros treinta segundos de la primera llamada. Sólo una cosa me queda por decir. Si alguien tiene un Samsung Z-240, el código para liberarlo es #61593817*638*#. Márquenlo inmediatamente y dejen de pertenecer a su compañía de teléfonos, sea cual sea.

24/5/10

Síntomas primaverales


La del viernes fue la primera tarde verdaderamente primaveral (casi veraniega) del año y yo no tenía plan de ningún tipo para disfrutarla. Ante tal inconveniente y una rotunda negativa personal a permanecer en casa en esas circunstancias, me armé de un libro y salí en busca del lugar más bucólico posible para disfrutar de su lectura. Mis pasos me condujeron hasta el mismo centro de la Ciudadela, casi paradisíaco lugar en el que se despliega un tupido cesped en todas direcciones desde sus exacto centro geométrico, marcado por una fuente con forma de flor a la que, para redondear la escena, dos patos se habían acercado a nadar. No sé de dónde habrían salido. Yo desenfundé mi novela y me senté a la sombra de un árbol en aquel jardín más bien barroco.

Así permanecí durante largos minutos, pero la perfección nunca es eterna. Aparecieron por allí dos niñas, pequeñas, inconscientes, sin culpa (que políticamente correcto me ha quedado esto), seguidas de su padre, adulto, consciente y culpable. Y comenzó uno de esos procesos mentales por los que se descubren los motivos que producen que la sociedad se esté yendo a la mierda sin remedio. Las dos infantes, bajo la atenta mirada de su padre (cuyo único dato positivo era que no las perdía de vista), comenzaron a arrojar bloques de tierra del tamaño de su propia cabeza al interior de la fuente. Ni que decir tiene que los patos, quizá incluso más molestos que yo por semejante género de diversión, volaron espantados. El padre abrió la boca, no crean, como yo lo hice, que para afearles la conducta: cuidado no os caigáis. Ahí estaban ellas, cargándose uno de los pocos lugares bien cuidados de la ciudad, y su padre tan campante.

Me largué de allí, pues o me iba yo o cometía un necesario acto de limpieza social que muchos considerarían un crimen. Pero luego gentuza como ese padre se echará las manos a la cabeza por cómo está la sociedad (si hoy no les ha dicho a sus hijas no estropeéis la fuente, mañana no les dirá tampoco no agradáis a vuestro profesor, ni pasado no vendáis drogas o yo qué sé), que en los colegios no les enseñan lo que él no se molesta en enseñarles y mil cosas más. Visto el estado de las cosas no sé por qué la gente se lleva las manos a la cabeza por la asignatura de educación para la ciudadanía (asignatura ridícula por lo innecesaria si hubiera padres decentes). Yo más bien propondría una lobotomización para la ciudadanía.